Raúl Gustavo Aguirre: poeta, antólogo, traductor y crítico nacido en Buenos Aires, Argentina (1927-1983).

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El barco ebrio, Arthur Rimbaud

Cuando yo descendía los ríos impasibles,
De pronto me sentí libre de sirgadores;
Los habían cazado pieles rojas horribles
Y clavado desnudos en postes de colores.

A mis tripulaciones siempre fui indiferente,
Con mis trigos flamencos o mi algodón inglés.
Cuando todo el mundo cesó con esa gente,
Los ríos me dejaron en libertad después.

Entre los movimientos de mareas bizarras,
¡Yo, en invierno, más sordo que un cerebro de infante,
Corrí! Y las penínsulas que soltaron amarras
No padecieron nunca un caos más triunfante.

La tempestad bendijo mis auroras marítimas.
¡Más liviano que un corcho dancé sobre las olas
Que se llaman eternas portadoras de víctimas,
Sin añorar el ojo tonto de las farolas!

Más dulce que a los niños las manzanas primeras,
El agua verde entró en mi casco de pino
Y dispersó el timón y lavó mis maderas
De vómitos y manchas azuladas de vino.

Y desde aquel entonces me bañé en el Poema
Lactescente del Mar, por astros penetrado;
Tragué el azur verdoso donde, absorto en su tema
Flota y a veces baja pensativo un ahogado.

Donde tiñen de pronto el azul que delira
En ritmos lentos bajo el diurno esplendor,
Más fuertes que el alcohol, más vastos que la lira,
Al fermentar, los rojos amargos del amor.

Los cielos en relámpagos he mirado estallar
Y también las resacas, las trombas, las corrientes:
La noche, el Alba hirviente como un palomar,
¡Y vi lo que creyeron ver algunos vivientes!

Vi el sol bajo tiznado de místicos horrores
Iluminar con coágulos enormes y violetas
Parecidos, en viejos dramas, a los actores,
A las olas que huían con sus fiebres secretas.

Soñé la noche verde con nieves infinitas
Que besaban los ojos de un mar que se levanta
En la circulación de savias inauditas,
¡Y el azul amarillo del fósforo que canta!

Seguí meses enteros, como las vaquerías
Histéricas, la ola hacia escollos apáticos
Sin pensar que los pies ígneos de las Marías
Pueden tirar de los Océanos asmáticos.

¡He topado, sabéis, increíbles Floridas
Donde asomaban ojos de panteras con pieles
De hombres! Arcoiris tirando como bridas,
En cielos submarinos, de verdosos tropeles.

¡Vi fermentar pantanos enormes, como trampas
Donde se pudre en medio del junco el Leviatán!
Vi deslizarse el agua por misteriosas rampas
Y vi los horizontes que hacia el abismo van.

¡Soles de plata, cielos de brasas encendidas,
Glaciares, varaduras en los golfos traidores
Donde boas gigantes por las chinches comidas
Se caen de los árboles entre negros olores!

¡Ah, mostrar a los niños esas criaturas vivas,
Esos peces de oro, esos peces cantantes!
Espumas de colores mecieron mis derivas
Y vientos inefables me alaron por instantes.

A veces, mártir harto de polos y ecuadores,
El sollozo del mar calmaba mi rolido
Y subía hacia mí sus prodigiosas flores,
Y yo era una mujer, de rodillas caído...

Isla casi, meciendo las disputas eternas
Y el estiércol de rápidas aves de ojos dorados,
Yo navegaba cuando, por entre mis cuadernas,
Caminando hacia atrás bajaban los ahogados.

O bien, barco perdido en bahías apáticas
Que hacia el éter sin pájaros arrastró el huracán,
Yo a quien los Monitores y las naves hanseáticas
El casco ebrio de agua nunca reflotarán;

Libre, ardiente, trepado por las brumas violetas,
Yo que al igual que un muro hendí el cielo del sur,
Que llevo, dulce grato a los buenos poetas,
Sarpullidos de sol y gargajos de azur;

Que corría, manchado de lúnulas eléctricas,
Tabla loca escoltada por negros hipocampos,
Cuando el verano hundía con trompadas frenéticas
El cielo ultramarino en los adientes campos:

Yo que temblé al sentir en otras latitudes
El cielo del Behemont y los Maelströms inquietos,
Hilandero sin fin de azuladas quietudes,
¡Hoy añoro la Europa de antiguos parapetos!

Vi siderales archipiélagos, e islas
Con cielos delirantes libres al remador:
—¿Duermes en esas noches sin fondo, allí te aíslas,
Millón de aves de oro, oh futuro vigor?—

¡Tanto lloré! Las albas son siempre melancólicas,
Toda luna es atroz y todo sol amargo:
El acre amor me hinchó de torpezas alcohólicas.
¡Oh, que mi quilla estalle! ¡Y yo siga de largo!

Si algún agua de Europa deseo es esa charca
Oscura y fría donde hacia el rojo poniente,
En cuclillas un niño triste suelta una barca
Tan frágil como una mariposa reciente.

Olas, no puedo ya, lánguidas compañeras,
Seguir a los airosos cargueros de algodones,
Ni pasar a través de orgullosas banderas
Ni afrontar los horribles ojos de los pontones.

(Poésies, 1871.)

Mañana, Arthur Rimbaud

       ¿No tuve alguna vez una juventud amable, heroica, fabulosa, digna de ser escrita en hojas de oro? — ¡demasiadas posibilidades! ¿Debido a qué crimen, debido a qué error, merecí mi actual debilidad? Vosotros que pretendéis que los animales lanzan sollozos de dolor, que los enfermos desesperan, que los muertos tienen pesadillas, tratad de relatar mi caída y mi sueño. Tampoco yo puedo explicarme mejor que mi mendigo con sus continuos Pater y Ave María. ¡Ya no sé hablar!
       Sin embargo, hoy, creo haber terminado la narración de mi infierno. Era sin duda el infierno; el antiguo, aquel cuyas puertas abrió el hijo del hombre.
       En el mismo desierto, en la misma noche, siempre mis ojos cansados despiertan con la estrella de plata, siempre, sin que se conmuevan los Reyes de la vida, los tres magos, el corazón, el alma, el espíritu. ¡Cuándo iremos, más allá de las playas y los montes, a saludar el nacimiento del trabajo nuevo, la sabiduría nueva, la huida de los tiranos y de los demonios, el fin de la superstición, a adorar —¡los primeros!— la Navidad sobre la tierra!
       ¡El canto de los cielos, la marcha de los pueblos! Esclavos, no maldigamos la vida.

(Une Saison en Enfer, 1873.)

Adiós, Arthur Rimbaud

       ¡El otoño ya! — Pero por qué añorar un sol eterno, si estamos empeñados en el descubrimiento de la claridad divina — lejos de las gentes que mueren a lo largo de las estaciones.
       El otoño. Nuestra barca erguida en las brumas inmoviles vira hacia el puerto de la miseria, la ciudad enorme bajo el cielo manchado de fuego y de lodo. ¡Ah!,¡los harapos podridos, el pan mojado por la lluvia, la embriaguez, los mil amores que me crucificaron! ¡Jamás terminará por tanto esta vampiro reina de millones de almas y de cuerpos muertos y que serán juzgados! Vuelvo a mirar mi piel roída por la suciedad y la peste, los cabellos y las axilas llenos de gusanos y gusanos más grandes todavía en el corazón, disperso entre los desconocidos sin edad, sin sentimiento... Hubiera podido morirme de eso... ¡Horrorosa evocación! Execro la miseria.
       ¡Y temo el invierno porque es la estación del confort!
       — A veces veo en el cielo playas sin fin, cubiertas de blancas naciones jubilosas. Un gran navío de oro, por encima de mí, agita sus banderas multicolores bajo las brisas de la mañana. Yo creé todas las fiestas, todos los triunfos todos los dramas. Traté de inventar flores nuevas, nuevos astros, nuevas carnes, nuevos idiomas. Creí poder adquirir poderes sobrenaturales. ¡Y bien!, ¡debo enterrar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Una hermosa gloria de artista y de narrador perdida!
       ¡Yo!, ¡yo que me llamé mago o ángel, dispensado de toda moral, soy devuelto a la tierra, con un deber que buscar y la realidad rugosa por abarcar! ¡Rústico!
       ¿Me engaño? ¿La caridad será para mí hermana de la muerte?
       En fin, pediré perdón por haberme sustentado de mentiras. Y sigamos.
       ¡Pero ni una mano amiga! ¿Y dónde encontrar ayuda?

——————

       Sí, la hora nueva es por lo menos muy severa.
      Porque puedo decir que la victoria me ha sido dada: el rechinar de dientes, los silbidos de fuego, los suspiros pestilentes se moderan. Todos los recuerdos inmundos se borran. Mis últimas añoranzas se esfuman —celos de los mendigos, de los bandoleros, los amigos de la muerte, los retrasados de toda laya—. Condenados, ¡si yo me vengase!
       Es necesario ser absolutamente moderno.
      Nada de cánticos: mantener el terreno ganado. ¡Dura noche! La sangre seca humea sobre mi rostro, ¡y detrás de mí sólo tengo este horrible arbolito!... El combate espiritual es tan brutal como la batalla de los hombres, pero la visión de la justicia es únicamente el placer de Dios.
      Mientras tanto, es la víspera. Recibamos todos los influjos de vigor y de real ternura. Y en la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades.
     ¡Qué hablaba yo de mano amiga! Una buena ventaja es poder reírse de los viejos amores engañosos, y cubrir de vergüenza esas parejas mentirosas —vi el infierno de las mujeres allá—; y me será posible poseer la verdad en un alma y un cuerpo.

(Une Saison en Enfer, 1873.)

Mañana de embriaguez, Arthur Rimbaud

       ¡Oh mi Bien! ¡Oh mi Belleza! ¡Fanfarria atroz donde jamás vacilo! ¡Caballete mágico! ¡Hurra por la obra inaudita y por el cuerpo maravilloso, por la primera vez! Aquello comenzó con el reír de los niños, terminará por él. Ese veneno ha de permanecer en todas nuestras venas aun cuando, al irse la fanfarria, hayamos vuelto a la vieja desarmonía. ¡Oh tiempo presente tan digno para nosotros de esas torturas!, recojamos fervientemente esa promesa sobrehumana que hicieron a nuestro cuerpo y a nuestra alma creados: esa promesa, ¡esa demencia! ¡La elegancia, la ciencia, la violencia! Nos prometieron enterrar en la sombra el árbol del bien y del mal, deportar las honestidades tiránicas para que introdujéramos nuestro purísimo amor. Aquello comenzó con algunos sinsabores y terminó —al no poder desde luego asegurarnos de esa eternidad—, terminó con una desbandada de perfumes.
       Reír de los niños, discreción de los esclavos, austeridad de los vírgenes, horror por las formas y los objetos de aquí, consagrados seáis por el recuerdo de esa vigilia. Comenzó con todo lo rústico y ahora termina con ángeles de llama y de hielo.
       ¡Pequeña, santa vigilia de ebriedad!, aunque sólo fuese por la máscara con que nos has gratificado. ¡Nosotros te afirmamos, método! No olvidamos que ayer glorificaste cada una de nuestras edades. Confiamos en el veneno. Sabemos dar nuestra vida entera todos los días.
       Ha llegado el tiempo de los ASESINOS.

(Les Illuminations, 1872.)

Vocales, Arthur Rimbaud

A negra, E blanca, I roja, U verde, O azul, vocales,
Un día diré vuestros latentes nacimientos.
A, velludo corsé de moscones hambrientos
Que rodean zumbando los hedores letales,

Golfo de sombra; E, candidez del vapor,
Lanza de los glaciares, temblor de la meduza;
I, púrpura, escupida sangre, sonrisa intrusa
En los labios hermosos de ebriedad o furor.

U, ciclos, vibraciones de los mares potentes,
Paz de los prados, paz de las rugosas frentes
De los que de la alquimia tentaron los cerrojos.

O, supremo clarín de estridores profundos,
Silencio atravesado por Ángeles y Mundos:
¡O, la Omega, destello violeta de Sus Ojos!

(Poésies, 1871.)

Oración de la tarde, Arthur Rimbaud

Como un ángel en manos del barbero, sentado
Vivo. Y empuño un chop de acentuadas estrías.
Una pipa en los dientes y el epigastrio inflado,
En el aire que surcan inciertas travesías.

Como las heces cálidas de un palomar vetusto,
Mil sueños en mí dejan una dulzura ardiente:
Y así mi corazón es como un triste arbusto
Que tiñen rojas gotas de un oro incandescente.

Y una vez que a mis sueños me los volví a beber,
Cauto, después de treinta o cuarenta festejos,
A calmar me retiro el acre menester.

Dulce como el Señor del cedro y los hisopos,
Meo hacia el cielo pardo, muy arriba y muy lejos,
Con la aquiescencia de los grandes eliotropos.

(Poésies, 1871.)

El relámpago, Arthur Rimbaud

       ¡El trabajo humano!, es la explosión que de vez en cuando ilumina mi abismo.
       "Nada es vanidad; con la ciencia, ¡y adelante!", grita el moderno Eclesiastés, es decir, Todo el mundo. Y sin embargo los cadáveres de los ruines y de los holgazanes caen en el corazón de los otros... ¡Ah!, más rápido, un poco más rápido, allá, por encima de la noche, esas recompensas futuras, eternas... ¿huimos de ellas, nosotros?...
       —¿Qué puedo yo? Conozco el trabajo; y la ciencia es demasiado lenta. Que la plegaria galope y que ruja la luz... bien lo veo. Es demasiado simple, y hace demasiado calor; prescindirán de mí. Tengo mi deber, estaré orgulloso de eso a la manera de muchos, dejándolo de  lado.
       Mi vida está usada. ¡Vamos!, simulemos, no hagamos nada, ¡oh piedad! Y existiremos divirtiéndonos, soñando amores monstruos y universos fantásticos, quejándonos y querellando las apariencias del mundo, saltimbanqui, mendigo, artista, bandido —¡sacerdote! En mi cama de hospital, el olor del incienso volvió a mí tan penetrante; guardián de los aromas sagrados, confesor, mártir...
       Reconozco en esto la sucia educación de mi infancia. ¡Y después qué!... Andar mis veinte años, si los otros andan veinte años...
       ¡No!, ¡no!, ahora me sublevo contra la muerte! El trabajo parece demasiado fácil a mi orgullo; mi traición al mundo sería un suplicio demasiado breve. A último momento, yo atacaría a diestra y siniestra...
       Entonces —¡oh!—, pobre alma querida, ¡la eternidad estaría perdida para nosotros!

(Une saison en Enfer, 1873.)

Democracia, Arthur Rimbaud

    "La bandera acude al paisaje inmundo, y nuestra jerga provinciana ahoga el tambor.
    "En los centros alimentaremos la más cínica prostitución. Masacraremos las rebeliones lógicas.
    "¡En los países robados y apaciguados! —al servicio de las más monstruosas explotaciones industriales o militares.
    "Hasta luego aquí, no importa dónde. Reclutas de buena voluntad, tendremos la filosofía feroz; ignorantes por obra de la ciencia, quebrantados por el confort; la explosión para el mundo que funciona. Es el verdadero andar. ¡Adelante, camino!"

(Les Illuminations, 1872.)