Raúl Gustavo Aguirre: poeta, antólogo, traductor y crítico nacido en Buenos Aires, Argentina (1927-1983).

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Canto de muerte, Henri Michaux

       La fortuna de grandes alas, la fortuna me había llevado por equivocación con los otros hacia su país alegre, cuando de pronto, pero de pronto, cuando por fin yo respiraba feliz, unos diminutos e infinitos petardos en la atmósfera me dinamitaron y luego unos cuchillos que surgían de todas partes me cosieron a puntazos, de modo que volví a caer en el suelo duro de mi patria, ahora para siempre la mía.
       La fortuna de alas de paja, la fortuna me había elevado por un instante por encima de las angustias y los gemidos, cuando un grupo en número de mil, escondido al reparo de mi distracción en la polvareda de una alta montaña, un grupo acostubrado desde siempre a la lucha a muerte, de pronto se nos echó encima como un bólido, y yo volví a caer en el suelo duro de mi pasado, pasado ahora para siempre presente.
       La fortuna una vez más, la fortuna de paños frescos me había hospedado con dulzura, y cuando yo sonreía a todos los que me rodeaban, distribuyendo todo lo que poseía, de pronto, asido por algo desconocido que vino por debajo y  por detrás, de pronto, como una polea que se desengancha, me sacudí, fue un salto inmenso, y volví a caer en el suelo duro de mi destino, destino ahora para siempre el mío.
       La fortuna una vez más, la fortuna de lengua de aceite, había lavado mis heridas, la fortuna como un cabello que uno toma y que trenzaría con los suyos, me había asido y unido indisolublemente a ella, cuando de pronto, como ya me bañaba en la alegría, de pronto la Muerte vino y me dijo: "Es tiempo ya. Ven." La Muerte, ahora la Muerte para siempre jamás.

(Plume, précédé de Lointain Intérieur, 1937.)

Gritar, Henri Michaux

       El panadizo es un sufrimiento atroz. Pero lo que más me hacía sufrir era el hecho de que yo no podía gritar. Porque estaba en el hotel. La noche acababa de caer y mi habitación se encontraba en medio de otras dos donde había gente durmiendo.
       Entonces, me dediqué a extraer de mi cráneo grandes cajas, cobres, y un instrumento que retumbaba más que los órganos. Y aprovechando la fuerza prodigiosa que me daba la fiebre, hice con todo eso una orquesta ensordecedora. Todo temblaba con las vibraciones.
       Entonces, seguro por fin de que en medio de ese tumulto mi voz no sería oída, me puse a aullar, a aullar durante horas y horas, y conseguí aliviarme poco a poco.

(Mes Propriétés, 1929)

La Cordillera de los Andes, Henri Michaux

La primera impresión es terrible y cercana a la desesperación
El horizonte de pronto desaparece.
Las nubes no son más altas que nosotros.
Infinitamente y sin accidentes, allí están, donde nosotros estamos,
Las altas planicies de los Andes, que se extienden, que se extienden.

El suelo es negro e inhospitalario
Un suelo venido de adentro.
No se interesa en las plantas.
Es una tierra volcánica.
¡Desnudez!, y las casas negras encima,
Le dejan toda su desnudez;
La negra desnudez de lo malo.

Quien no ame las nubes,
que no venga al Ecuador.
Son los perros fieles de la montaña,
Los grandes perros fieles;
Coronan altamente el horizonte;
La altura del paraje es de 3.000 metros, según dicen,
Es peligrosa, según dicen, para el corazón, para la respiración, para el estómago
Y para el cuerpo todo del extranjero.

Macizos, braquicéfalos, el paso corto,
Cargando grandes pesos los indios van por esta ciudad adherida a un cráter de nubes.
¿Adónde va esta encorvada peregrinación?
Ella se cruza y se entrecruza y sube; nada más: es la vida cotidiana.
Quito y sus montañas.
Caen sobre ella, después se asombran, se contienen, ¡mojan sólo sus lenguas!, es
          un camino; por lo tanto se las cubre de piedras.
Todos aquí fumamos el opio de la gran altura, voz baja, paso corto, corta respiración.
Poco pelean los perros, poco los niños, poco ríen.

(Ecuador, 1929.)

Mi vida, Henri Michaux

Te vas sin mí, vida mía.
Ruedas,
Y yo que aún espero dar un paso.
A otra perte te llevas la batalla.
Es tu manera de dejarme.
Yo nunca te seguí.

No veo claro en tus ofrecimientos.
Lo poco y nada que yo quiero, tú no lo traes nunca,
Debido a esa carencia, aspiro a tanto.
A tantas cosas, casi al infinito...
Debido a ese poco que falta, que nunca traes.

(La Nuit remue, 1931.)

Pluma viaja, Henri Michaux

     Pluma no podría decir que se tienen excesivas consideraciones con él cuando viaja. Unos le pasan por encima sin decir agua va,otros se limpian tranquilamente las manos en su chaqueta. Ha terminado por acostumbrarse. Le gusta más viajar con modestia. Tanto como le sea posible, lo hará.
     Si le sirven, con gesto hosco, una raíz en su plato, una enorme raíz:
     "—Vamos, coma. ¿Qué espera?
     —Oh, sí, en seguida, claro."
     No quiere meterse en problemas inútilmente.
     Y si, a la noche,le niegan una cama:
     "—¿Qué? ¿No habrá venido usted desde tan lejos para dormir, no ¡Vamos!, tome su baúl y sus bártulos: es el mejor momento del día para caminar.
     —Bueno, bueno, sí... es verdad... Era un chiste, por supuesto. Oh, sí, por... por bromear."
     Y vuelve a internarse en la noche oscura.
     Y si lo echan del tren:
     "—¡Ah!, entonces usted piensa que hace tres horas que estamos calentando esta locomotora y que hemos enganchado ocho vagones para transportar a un mozo de su edad, de salud perfecta, que puede ser perfectamnte útil aquí, que no tiene necesidad de irse a ninguna parte, y si es para esto que se habrán cavado túneles, hecho saltar toneladas de roca con dinamita y tendido centenares de kilómetros de rieles en años y años, sin contar con que además hace falta vigilar continuamente la línea para prevenir sabotajes, y todo eso para...
     "—Bueno, bueno. Comprendo perfectamente. Había subido, oh, para echar un vistazo... Ya está, eso es todo. Simple curiosidad, ¿no es cierto? Y gracias mil veces."
     Y vuelve a los caminos con sus equipajes.
     Y si en Roma desea ver el Coliseo:
     "—¡Ah, no! Escuche: se encuentra en bastante mal estado. Y luego el señor querrá tocarlo, ponerle sus pies encima, sentarse allí... es así como no quedan más que ruinas por todas partes. Fue una lección para nosotros, una dura lección, pero en lo sucesivo no, se acabó, no más.
     "—Bueno, bueno, era... Yo sólo quería pedirle una tarjeta postal, fotografías tal vez... si acaso..."
     Y abandona la ciudad sin haber visto nada.
     Y si en el barco, de súbito, el Comisario de abordo lo señala con el dedo y exclama:
     "—¿Qué está haciendo ése aquí? Hum, me parece que hay bastante indisciplina allá abajo. Que me lo hagan descender otra vez a la bodega. El segundo cuarto acaba de tocar."
     Y se aleja haciendo sonar el silbato, Y Pluma se desloma durante toda la travesía.
Pero no dice nada, no se queja. Piensa en los desdichados que no pueden viajar, en tanto que él sí viaja, viaja continuamente.


(Plume, précédé de Lointain intérieur, 1937).

En el país de la magia, Henri Michaux

       A menudo se ven, de noche, fuegos en el campo. Esos fuegos no son fuegos. No arden en absoluto. Apenas, y aún sería necesario para ello uno terriblemente ardiente, apenas un hilo de la virgen que los atravesara exactamente por el centro sería consumido.
       En efecto, esos fuegos no producen calor.
       Pero tienen un brillo al que nada puede comparársele en la naturaleza (inferior sin embargo al del arco voltaico).
       Esas combustiones encantan a la vez que  aterrorizan, sin peligro alguno por otra parte, y el fuego se apaga tan repentinamente como había aparecido.


       Vi el agua que evita correr. Si el agua está bien acostumbrada, si es el agua de uno, no chorrea, aun cuando la botella se rompa en cuatro pedazos.
       Simplemente, espera que uno la introduzca en otra. No intenta volcarse.
       ¿Es la fuerza del Mago la que obra?
       Sí y no, al parecer no, porque el Mago puede no tener conocimiento de la ruptura de la botellay del esfuerzo que hace el agua para mantenerse en su lugar.
       Pero no hay que hacer esperar al agua durante demasiado tiempo, porque esta actitud es para ella incómoda y penosa de conservar y, sin que en un sentido exacto se pierda, podría derramarse en cantidad.
       Naturalmente, tiene que ser el agua de uno y no un agua de hace cinco minutos, un agua que justamente acabamos de renovar. ësta se derramaría en seguida. ¿Qué puede retenerla?


       Los Magos gustan de la oscuridad. Los principiantes tienen absoluta necesidad de ella. Ellos toman la mano, si me es lícito decirlo, en los baúles, los tendederos, los armarios de ropa blanca, los cofres, las bodegas, los graneros, los huecos de las escaleras.
       No hubo día en mi casa en que no saliera de la alacenaalguna cosa insólita, como ser un sapo, una rata, lamentandopor otra parte la torpeza y sin que se desvaneciera en el actosin poder tomar las de villadiego.
       Hasta se topaba uno con ahorcados, por supuesto falsos, que ni siquiera tenían la cuerda de verdad.
       ¿Quién puede sostener que a la larga uno se acostumbra a esto? Una aprehención me retenía siempre un instante, la mano indecisa en el pomo de la puerta.
       Cierto día, una cabeza ensangrentada rodó sobre mi traje nuevo, sin dejar en él, por lo demás, una sola mancha.
       Después de un momento —repugnante— como no se puede vivir uno igual, volví a cerrar la puerta.
       Tenía que ser un principiante ese mago, para no haber podido hacer una sola mancha en un traje tan claro.
       Pero la cabeza, su peso, su aspecto general, habían sido bien imitados.
       Ya la sentía, con un asqueado terror, venírseme encima, cuando desapareció.


(Au Pays de la Magie, 1942.)

Clown, Henri Michaux

Un día.
Un día, pronto quizá.
Un día arrancaré el ancla que retiene a mi navío lejos de los mares.
Con esa especie de coraje necesario para ser nada y nada más que nada.
Me soltaré de todo lo que me parecía indisolublemente próximo.
Lo cortaré, lo voltearé, lo romperé, lo haré precipitarse en el abismo.
De golpe destapando mi pudor miserable, mis miserables combinaciones y encadenamiento "paso a paso".
Vaciado del absceso de ser alquien, beberé de nuevo el espacio estimulante.



A fuerza de ridiculeces, de venirme abajo (¿qué es venirse abajo?), por estallido, por vacío, por una total disipación-irrisión-purgación, expulsaré de mi la forma que se creía tan bien adherida, compuesta, coordinada, adecuada a mi contorno y a mis semejantes, tan dignos, tan dignos mis  semejantes.



Reducido a una humildad de catástrofe, a una nivelación perfecta como después de una intensa batahola.
Devuelto por debajo de todo medida a mi rango real, al rango ínfimo del que no sé qué idea-ambición- me hiciera [desertar.
Aniquilando en cuanto a la altura, en cuanto a la estimación.
Perdido en un rincón lejano (o ni eso), sin nombre, sin identidad.



CLOWN, derribando en la carcajada, en la risotada, en lo grotesco, la sensación que contra toda evidencia me había [hecho de mi importancia,
Me hundiré.
Sin un centavo en el infinito-espíritu subyacente abierto a todos, abierto yo mismo a un nuevo e increíble rocío
a fuerza de ser nulo
y chato...
y risible...


(Peintures, 1939.)