Raúl Gustavo Aguirre: poeta, antólogo, traductor y crítico nacido en Buenos Aires, Argentina (1927-1983).

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Hambre roja, René char

Eras insensata.

¡Qué lejos ya!

Moriste, un dedo ante tu boca,
En un noble movimiento,
Para poner punto a la efusión;
En el frío sol de un verde límite.

Eras tan bella que nadie advirtió tu muerte.
Más tarde, era de noche, echaste a andar conmigo.

Desnudez sin recelo,
Senos corroídos por tu corazón.

A sus anchas en este mundo que ocurre,
Un hombre que te había estrechado en sus brazos,
Se sentó a la mesa.

Está bien, no existes.

(Le Nu perdu, 1971.)

La aldea vertical, René Char

Como lobos ennoblecidos
Por su desaparición
Acechamos el año de miedo
Y de liberación.

Lobos nevados
De las lejanas batidas,
De fecha borrada.

Bajo el porvenir que gruñe,
Furtivos, esperamos,
Para afiliarnos,
La amplitud de la altura.

Sabemos que las Cosas ocurren
Repentinamente,
Oscuras o demasiado adornadas.

El dardo que unía los dos paños
Vida contra vida, clamor y monte,
Fulguró.

(Le Nu perdu, 1971.)

La bestia innombrable, René Char

La Bestia innombrable cierra la marcha del gracioso rebaño, como un cíclope bufo.
Ocho improperios le sirven de ornamento, se dividen su demencia.
La Bestia eructa devotamente en el aire rústico.
Sus flancos rellenos y vacilantes son dolorosos, están por vaciarse de su preñez.
Desde sus cascos hasta sus vanos colmillos, está envuelta en fetidez.

Así se me aparce, en el friso de Lascaux, madre fantásticamente disfrazada,
La Sabiduría con los ojos llenos de lágrimas.

(La Paroi et la Prairie, 1952.)

Temor, detonación, silencio, René Char

     El molino de Calavon. Durante dos años, una granja de cigarras, un castillo de vencejos. Aquí todo hablaba de torrente, tanto por la risa, como por los puños de la juventud. Hoy, el viejo refractario se debilita en medio de sus piedras, la mayoría muertas de hielo, de soledad y de calor. A su vez los presagios se han adormecido en el silencio de las flores.
       Roger Bernard: el horizonte de los monstruos estaba demasiado próximo a su tierra.
     No busques en la montaña; pero si, a algunos kilómetros de allí, en las gargantas de Oppedette, te encuentras con el rayo con rostro de escolar, ve hacia él, oh, ve hacia él y sonríele porque debe tener hambre, hambre de amistad.

(Le Poème pulvérisé, 1947.)

Fidelidad, René Char

       Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa hacia dónde en el tiempo dividido. Ya no es mi amor, todos pueden hablarle. Ella no recuerda ya; ¿quién en verdad la amó?

       Busca su igual en el ruego de las miradas. El espacio que recorre es mi fidelidad. Dibuja la esperanza y suavemente la despide. Es decisiva sin que tenga que ver en ello.

       Yo vivo en su profundidad como un despojo feliz. Sin que lo sepa, mi soledad es su tesoro. En el gran meridiano donde se inscribe su vuelo, mi libertad lo excava.

       Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa hacia dónde en el tiempo dividido. Ya no es mi amor, todos pueden hablarle. Ella no recuerda ya: ¿quién en verdad la amó y la ilumina desde lejos para que no se caiga?

(Fureur et Mystère, 1948.)

Fastos, René Char

       El verano cantaba sobre su roca preferida; el verano cantaba aparte de nosotros que éramos silencio, simpatía libertad triste, mar más aún que el mar cuya larga pala azul se entretenía a nuestros pies.
       El verano cantaba y tu corazón nadaba lejos de él. Yo besaba tu coraje, comprendía tu confusión. Camino por el absoluto de las olas hacia esos altos picos de espuma donde cruzan virtudes mortales para las manos que llevan nuestras casas. No éramos crédulos. Estábamos rodeados.
       Los años pasaron. Las tormentas murieron. El mundo se fue. Me dolía sentir que tu corazón justamente no me divisaba ya. Te amaba. En mi ausencia de rostro y mi vacío de felicidad. Te amaba, transformándome en todo, fiel a ti.

(Fureur et Mystère, 1948.)

El compañero de la escolar, René Char

Bien sé que los caminos andan
Más rápido que los escolares
Atados a sus útiles
Errantes en la atracción de las humaredas
Donde el otoño pierde el ánimo
Nunca dulce para ti
¿Eras tú a quien vi sonreír?
Hija mía hija mía tiemblo

¿Entonces no desconfiaste
De ese vagabundo extraño
Cuando se quitó la gorra
Para preguntar el camino?
No pareciste sorprenderte
Ustedes dos se acercaron
Como trigo y amapola
Hija mía hija mía tiemblo

La flor que aprieta en sus dientes
Se le podría caer
Si consiente en dar su nombre
En devolver los restos a sus olas
Después de alguna confesión maldita
Que te quitaría el sueño
Entre las aulagas de su sangre
Hija mía hija mía tiemblo

Cuando ese joven se alejó
La noche maduró tu rostro
Cuando ese joven se alejó
Hombros vencidos cabizbajo y las manos vacías
Bajo los mimbres estabas seria
Nunca lo habías estado
¿Te devolverá tu belleza?
Hija mía hija mía tiemblo

La flor que tenía en la boca
¿Sabes tú lo que escondía?
Padre un mal puro rodeado de moscas
Yo lo oculté con mi piedad
Pero sus ojos mantenían la promesa
Que me hice a mí misma
Soy insensata soy nueva
Eres tú padre quien cambia.

(Placard pour un Chemin des Écoliers, 1937.)

A la salud de la serpiente, René Char

I
       Canto el calor con rostro de recién nacido, el calor desesperado.
II
       Le toca al pan que parte el hombre ser la belleza del alba.
III
       El que confíe en el girasol no meditará dentro de la casa. Todos los pensamientos del amor serán sus pensamientos.
IV
       En el giro de la golondrina una tempestad se informa, un jardín se prepara.
V
       Habrá siempre una gota de agua para durar más que el sol sin que el ascendiente del sol sea afectado.
VI
       Produce aquello que el conocimiento quiere mantener en secreto, el conocimiento con sus cien pasadizos.
VII
       Aquello que viene al mundo para no perturbar nada no merece ni consideraciones ni paciencia.
VIII
       ¿Cuánto durará esta falta del hombre, agonizante en el centro de la creación porque la creación lo ha despedido?
IX
       Cada casa era una estación. Así se repetía la ciudad. Todos los habitantes juntos sólo conocían el invierno, a pesar de sus cuerpos caldeados, a pesar del día que no se alejaba.
X
       Eres en tu esencia constantemente poeta, constantemente estás en el cenit de tu amor, constantemente ávido de verdad y de justicia. Sin duda es un mal necesario que no puedas serlo asiduamente en tu conciencia.
XI
       Harás del alma que no existe un hombre mejor que ella.
XII
       Mira la imagen temeraria en que se sumerge tu país, ese placer que te ha escapado por mucho tiempo.
XIII
       Numerosos son aquellos que esperan que el escollo los subleve, que la punta los atraviese, para definirse.
XIV
       Agradece a aquel que no se preocupa de tu remordimiento. Eres su igual.
XV
       Las lágrimas desprecian a su confidente.
XVI
       Queda una profundidad mensurable allí donde la arena subyuga al destino.
XVII
       Amor mío, poco importa que yo haya nacido: tú te vuelves visible en el lugar donde desaparezco.
XVIII
       Poder ir, sin engañar al pájaro desde el corazón del árbol hasta el éxtasis del fruto.
XIX
       Lo que te recibe a través del placer no es sino la gratitud mercenaria del recuerdo. La presencia que elegiste no libera de adiós.
XX
       No te inclines sino para amar. Si mueres, amas todavía.
XXI
       Las tinieblas que te infundes están regidas por la lujuria de tu ascendiente solar.
XXII
       No hagas caso de aquellos a cuyos ojos el hombre pasa por ser nada más que una etapa del color sobre la espalda atormentada de la tierra. Que ellos devanen su largo memorial. La tinta del atizador y el rubor de la nube son sólo uno.
XXIII
       No es digno del poeta engañar al cordero, investir su lana.
XXIV
       Si habitamos un relámpago, es el corazón de la eternidad.
XXV
       Ojos que, creyendo inventar el día, habéis despertado el viento, ¿qué puedo por vosotros? Yo soy el olvido.
XXVI
       La poesía es de todas las aguas claras la que menos se demora en los reflejos de sus puentes.
       Poesía, la vida futura en el interior del hombre recalificado.
XXVII
       Una rosa para que llueva. Al término de innumerables años, éste es tu deseo.

(Le Poème pulvérisé, 1947.)

Lied de la higuera, René Char

Tanto heló que las ramas lechosas
Trabaron a la sierra, se rompieron en las manos.
La primavera no vio verdecer a las airosas.

La higuera demandó al señor de lo yacente
El arbusto de una fe nueva.
Pero la oropéndola su profeta,
En la aurora cálida de su retorno,
Al posarse sobre el desastre,
Murió no de hambre, sino de amor.

(Le Nu perdu, 1971.)

Antonin Artaud, René Char

No tengo voz para elogiarte, hermano mío.
Si me inclinara sobre tu cuerpo que la claridad va a dispersar,
Tu risa me rechazaría.
El corazón entre nosotros, durante lo que se llama impropiamente una tormenta,
Da en tierra varias veces,
Mata, cava e incendia,
Luego renace más tarde en la dulzura del hongo.
No necesitas un muro de palabras para exaltar tu verdad,
Ni las volutas del mar para ungir tu profundidad,
Ni de esta mano febriciente que nos rodea la muñeca,
Y suavemente nos conduce a derribar un bosque
En donde el hacha son nuestras entrañas.
Está bien. Vuelve al volcán.
Y nosotros,
Que lloremos, asumamos tu relevo o preguntemos: "¿Quién es Artaud?" a esa espiga de dinamita de la que ningún grano se separa,
Para nosotros, nada habrá cambiado,
Nada, sino esta quimera viviente del infierno que se despide de nuestra angustia.

(París, 8 de marzo de 1948).

(Les Matinaux, 1950.)

Yo habito un dolor, René Char

       No dejes el cuidado de gobernar tu corazón a esas ternuras parientas del otoño del que reciben su plácido andar y su afable agonía. El ojo es precoz para plegarse. El sufrimiento conoce pocas palabras. Prefiere acostarte sin cargas: soñarás con el mañana y tu lecho será liviano para ti. Soñarás que tu casa ya no tiene vidrios. Sientes impaciencia por unirte al viento, al viento que recorre un año en una noche. Otros cantarán la incorporación melodiosa, las carnes que sólo personifican la brujería del reloj de arena. Condenarás la gratitud que se repite. Más tarde, te identificarán con algún gigante disgregado, señor de lo imposible.
       Sin embargo.
       Sólo has conseguido aumentar el peso de tu noche. Has vuelto a la pesca en las murallas, a la canícula sin verano. Estás furioso contra tu amor en el centro de un acuerdo que enloquece. Sueña con la casa perfecta que nunca verás elevarse. ¿Para cuándo la cosecha del abismo? Pero has reventado los ojos del león. Crees ver pasar a la belleza por encima de las lavandas negras...
       ¿Qué es lo que ha hizado, una vez más aún, un poco más arriba, sin convencerte?
       No hay sitio puro.

(Le poème pulvérisé, 1947.)

Estrangulé a mi hermano, René Char

Estrangulé
A mi hermano
Porque no le gustaba dormir
Con la ventana abierta

Hermana mía
Dijo antes de morir
Noches enteras he pasado
Mirándote dormir
Inclinado sobre tu resplandor en el vidrio.

(Placard pour un Chemin des Écoliers, 1937.)